Vida en sociedad: opine y vencerá

14 octubre, 2010

Llevo unos días madurando lo siguiente: ¿cuál es la idea de la vida en sociedad? Teóricamente la gente se junta para vivir mejor ¿no? Para evitar penurias y unir esfuerzos ante las adversidades del mundo, igual que el resto de animales “sociales” (si es que los hay que no lo sean, en términos de ecosistema). Por la vía práctica, la evolución nos ha hecho adoptar formas sociales de comportamiento y de producción para asegurar la supervivencia de la especie.

Sin embargo, la asociación de gentes se ha hecho global y se ha perdido la perspectiva de las razones que nos mantienen unidos. La comodidad de la vida contemporánea bien vale algunos sacrificios. Pero ¿cuáles son esos sacrificios? Como el que vive en un pueblo plagado de mafiosos, que de vez en cuando tiene que cerrar los ojos y tragarse algún robo, asesinato o atropello a la dignidad de algún vecino o transeúnte, constantemente me llegan noticias de acontecimientos similares a lo largo y ancho del mundo conocido (no me quiero ni imaginar lo que pasa en el mundo desconocido). Lo último es ya demasiado serio como para seguir tragando porque ya es evidente que hay una serie de elementos de esta asociación que se aprovechan de la voluntad general (elegida o impuesta) de supervivencia y mejoría. Todo esto, además de que la gente con banderas o con pistolas no me inspira ninguna confianza, me lleva a replantearme la base de la vida en sociedad.

La cuestión es que ya no me siento identificado con la sociedad en la que vivo, en el sentido de su orden social. Posiblemente si en términos culturales (Homo sum, humani nihil a me alienum puto: soy una persona, nada humano me es ajeno, que decía Terencio), pues comparto toda una serie de patrones de conducta, gustos o actitudes con la gente que hay a mi alrededor, pero ni de coña con las formas de gestionar los recursos sociales, con unas instituciones que pienso están obsoletas en su estructura, funcionalidad y funcionamiento, ni con un sistema de representatividad que, independientemente de su base social, decide hacer esto o lo otro en presunto beneficio de la asociación sin consultar ni al oráculo. Tiene narices la cosa.

¿Qué es lo que me queda? ¿Sobrevivir dentro de una asociación de gente asociada para sobrevivir? Sin ánimo de ofender: y una mierda. Humildemente, creo que se puede hacer mucho mejor, tanto desde la individualidad como desde la asociación. ¿Cuál es el problema? Que aquellos que se aprovechan de la voluntad de supervivencia y mejoría de los demás han generado toda una serie de estrategias y recursos para endulzar una existencia asociada a la asociación de gentes, y otras para dar por el culo (en el sentido rosadieciano) a los que no comulgan o se muestran excesivamente críticos (constructiva o destructivamente) con la estructura de la asociación.

Visto lo visto, de cómo se ha convertido ese espíritu de aprovechamiento de la voluntad de supervivencia y mejoría en una forma de ganarse las castañas, y visto que hasta instituciones tan retrógradas como la Iglesia católica, las compañías de telecomunicaciones o el sistema educativo de la eurozona se puede solicitar la baja definitiva, aunque sea por un módico precio, me pregunto ¿qué hay que hacer para darse de baja de la sociedad?

El primer problema es el institucional. Vete tú a donde haya que ir a decir que ya no quieres seguir siendo oficialmente “español,” “catalán,” “tarraconense” o lo que quiera que sea cada uno. El segundo, derivado del primero, es ¿y dónde te metes? Los estados son virus que infectan el mundo, no hay esquina que no haya sido apropiada por ningún estado. Hasta la Antártida “pertenece” a algún estado (de hecho lo reclaman Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y el Reino Unido). Ni en una balsa en el mar podría vivir. Podría venir cualquier y reclamarme o apropiarse de mi. Conclusión: no hay vuelta de hoja, o cambia todo o no cambia nada. Otra batalla perdida.

Lo único que, desde la individualidad, puedo hacer, es obrar según me dicte mi conciencia, que es otra forma de opresión, más suave, en mi caso. Bajo mi forma de ver y construir el mundo, sería cojonudo que todos tuviésemos derecho a opinar y cuestionarlo todo. De la misma forma que la pregunta inocente de un niño de 5 años puede poner en aprietos (más allá del dogma de autoridad, claro) al catedrático más laureado de la universidad más podrida del mundo, sería fantástico, además de súper-entretenido, que cualquier “agente del orden” pudiese argumentar las acciones que emprendiese. Así, si por ejemplo nos parasen por la calle para pedirnos la documentación, podríamos acabar en un intenso debate sobre si la identificación y el reconocimiento al que nos pretenden someter es o no un atentado contra la dignidad y el derecho al anonimato de las personas. Pero eso es ya, lamentablemente, ficción social.

En cualquier caso, ya saben, opinen y debatan, es todo lo que nos queda :P

(la imagen es “Europe supported by Africa and America” obra de William Blake y alojada en la wiki)


Isla de encanta. Reflexiones y digresiones al hilo de la tauromaquia

2 agosto, 2010

La reflexión de Josep Maria Yago sobre la prohibición de los toros en Catalunya y la actitud del PP respecto a esta y otras decisiones del aparato de gobierno catalán, me han llevado a escribir un pelín sobre el tema, aclarando así los muchos eslóganes y opiniones que se cruzan en mi cabeza estos días. Así que allá van. No esperen claridad ni coherencia :)

Lo que primero tengo que decir es que me parece bien que se prohíban actividades comerciales que se lucren con el sufrimiento ajeno. Es más, lo de los toros me parece un gesto de lo más escueto e hipócrita. No citaré aquí cuántos animales mueren al día para alimentarnos, ni las circunstancias emocionales a los que se los somete, ni otros problemas relacionados ya no sólo con el sufrimiento animal sino con el humano porque la lista sería kilométrica.

Hace bien poco intentaba entender lo que es el dolor y lo que representa socialmente. El dolor en cuanto a qué respuestas construyen la cultura y la sociedad en base a un hecho biológico que es, a su vez, la expresión de una agresión al organismo. Me preguntaba si las formas mediante las que las culturas humanas construyen la sensación de dolor (tanto en sus vertientes emocionales como psico-sociales o biomédicas) serían o no aplicables más allá de la frontera de las propias culturas humanas, es decir, si los animales sienten dolor, sufren, padecen de la misma forma que los seres humanos. La respuesta más evidente que se me ocurrió es que no tengo ni flowers, es decir, que no existe una certeza absoluta de que un conocimiento surgido en el seno de la especie humana (ergo antropocéntrico y etnocéntrico) sea proyectable a otras especies animales. Disney ha hecho mucho daño (todavía no me he recompuesto de la muerte del papá de Simba) y la antropomorfización social del reino animal es algo que viene de muy antiguo y que, por tanto, debe estar muy arraigado en el aparato simbólico de culturas y sociedades. Pero esta vía es un callejón sin salida ya que no sólo resulta impensable que ningún mamífero disfrute vomitando sangre y muriendo poco a poco, sino que cualquier profesional de la tauromaquia puede interpretar qué le pasa por la cabeza a un toro de lidia, qué siente, si una estocada le duele más o menos. En fin, que no, que los animales de una manera sufren y no les mola nada, a pesar de esta sospechosa coincidencia. Punto muerto.

Después de darme cuenta de que no estaba en el servicio de señoras y que el servicio sigue estando mu malamente (un tiempo después) leí el artículo que motiva esta reflexión. Y me puse a pensar, bueno, más bien el pensamiento salió como una erupción de acné de hormona juvenil. Al hilo de seguir más o menos todo el proceso que llevó a la aprobación de la prohibición de las corridas de toros en Catalunya (parece que se dice así, curioso, aprobar una prohibición), contrastándolo con el encendido ánimo político en la “nación catalana,” he acabado por pensar que este proceso prohibicionista no es otra cosa que una pantomima, una impostura de la clase política para apuntarse un tanto con la plebe ¿Qué son unos dinerillos menos en subvenciones, entradas y otros huntos de muchos colores en comparación con ganarse al populacho, tomar partido en bloque y sin fisuras en la batalla por la defensa de la identidad nacional catalana? Menudencias. Si existiese una voluntad certera de minimizar el sufrimiento animal, un compromiso con el estatus moral del resto de especies animales y, por qué no, vegetales y minerales también, se haría una regulación más amplia y sólida. Una que realmente pensase en los animales (vegetales, minerales…) y protegiese sus derechos. Pero ¿qué derechos serían esos? ¿No estaríamos entonces dotando a los animales (etc.) de unos derechos que nosotros nos hemos imaginado que quieren o que les van bien pero que les son ajenos, que les vienen impuestos? Podemos creer saber qué es lo mejor para un animal o una persona y creerlo ciegamente a partir de sesudos estudios etológicos y reflexiones estratosféricas (como esta, hehe) sobre qué significa “ser animal salvaje,” “ser animal doméstico” o “libertad animal,” pero ¿qué sentido tiene imponerle a otras especies lo que nosotros creemos que es lo mejor? ¿No es lo que hacen los estados o lo que las religiones llevan eones haciendo? ¿No es un poco peligroso dejar en manos humanas (ergo, codiciosas) la decisión de qué es lo que mola y qué no mola un can? Yo aun diría más ¿por qué si la libertad es un concepto tan humano, la proyectamos constantemente sobre nuestro entorno? ¿estamos taaan incómodos como para tener la necesidad de humanizar lo que nos rodea? Eso parece. A veces decir libertad es decir “compóntelas como puedas, a mi me la sopla.” Por el contrario, cuando dejamos que una planta (por poner un ejemplo más tranquilo) crezca “en libertad” ¿no la estamos privando del conocimiento que generación tras generación de familias jardineras nos han legado? ¿No estaremos siendo maaaalos? En fin, otro camino sin salida.

Siguiente aspecto: especulaciones sobre el componente simbólico. Por lo que tengo entendido y he podido leer, la tauromaquia o, mejor, las tauromaquias, son fenómenos culturales surgidos de otros de carácter ritual, es decir, que primero fueron celebraciones explícitamente simbólicas (cuando eso se llevaba), posiblemente restringidas a determinados sectores de la población, que progresivamente fueron ganando adeptos y relajando o cambiando sus protocolos hasta llegar a lo que conocemos hoy día. Un evolucionista sacaría de aquí una graaan teoría sobre como la tauromaquia es una adaptación cultural del ritual primigenio en donde se devoraban las entrañas de viejos uros mientras se copulaba compulsivamente. Pero no es ese el caso o, al menos, todavía no. El caso es que hay muchas y muy diversas formas de practicar la tauromaquia, pero todas se basan en lo mismo: cabrear a un bicho hasta que tenga unas ganas de matarte que te cagas, putearlo un buen rato para el deleite de un mogollón de frikis ávidos de cachondeo y arte y, en el peor de los casos (el “nuestro”), matarlo con un sólo gesto. Muerte para demostrar el poder del hombre sobre la bestia y (de paso) cobrar un pastón y ganar mazo renombre; lo que lleva a follar más, que te inviten a copas en los garitos más molones, moverse en un carro que lo flipas, tener una casa de putifa y un largo etcétera de milongas terrenales que facilitan enormemente la existencia. Lo que se ha prohibido en Catalunya no son las formas de tauromaquia en general, sino unas formas muy concretas y particulares. Unas formas que vienen históricamente asociadas al adocenamiento del populus tras la Guerra Civil y que toman forma en la manipulación de la figura de Manolete. Un golpe a la virilidad postprofranquista, un paso adelante en la (re)vindicación de una identidad nacional catalana.

Pero en Catalunya también hay formas de tauromaquia. Es curioso que se haya pasado de puntillas sobre la violencia de los “correbraus” de, por ejemplo, las Terres de l’Ebre. Sin embargo, no creo que esa haya sido la lógica que ha regido el proceso, la reivindicación de las formas propias ante el histórico asedio colonial español, sino, más bien lo que decía a mitad del párrafo: ganarse a la plebe. En el fondo la clase política (salvo grandes excepciones) lo que quiere es perpetuarse, esa vieja aspiración vampírica de la aristocrática de ganarse la vida eterna. Hasta podría parecer que se la sude por completo la deriva del paradigma nacional catalán, al contrario que a la derecha española, que ha heredado un amplio conocimiento práctico sobre las veleidades de la ingeniería identitaria. Catalunya lleva unos cuantos años de desfase respecto a la gestión de la industria identitaria española, pero está haciendo muy bien los deberes, y con un refinamiento fuera de serie. Nunca he visto peña más violentamente idenpendentista que los hijos de los emigrantes del resto del estado. Y sin problemas ni demasiada reflexión, “ezo é azín.”

Pero, en fin, que ya me pierdo en el mar de las digresiones. El caso es que se prohíben las formas de tauromaquia simbólicamente entendidas como ajenas, a las que se quiere enajenar de la realidad catalana, sentidas como impuestas desde la España franquista y construidas como crueles y anti-ecológicas, pasando de puntillas, sin embargo, por los “correbous,” a mi juicio, tan crueles como sus homólogos españoles. Pero, misteriosamente, se respira tranquilidad y satisfacción (a diferencia de Canarias, donde poca gente recuerda que también allí se prohibieron). Por fin. Se ha empezado a expulsar el virus infeccioso de la españolidad. Es un gesto de desafío revestido de acción defensiva, en una dialéctica muy orwelliana, algo que, desgraciadamente, se está volviendo demasiado cotidiano.

La cuestión del proteccionismo, de decir “prohibir los toros es defender al animal” me trae a la memoria, salvando las distancias, eso si, los comienzos de los movimientos de defensa de los derechos civiles de los sectores afro-americanos en los Estados Unidos. Siempre hay cierta dosis de paternalismo en el deseo de que alguien que consideramos oprimido se libere de sus cadenas. Y quizá este hecho, que pidamos ahora una clase de protección para un tipo de seres vivos, podría llevar a la sociedad civil a replantearse su relación con el resto de animales y, por tanto, con los ecosistemas que componen el planeta. Es el cuento del calentamiento global: Al Gore y Lisa Simpson subidos en una extraña máquina elevadora señalando los hechos con una fe que mueve montañas. Yo aun diría más: ¿por qué un ser vivo ha de merecer más respeto que un mineral? ¿qué teoría y qué disciplinas han determinado esto? La vida basada en el carbono puede que sea tecno-ecológicamente más refinada, pero ¿la hace eso más importante? ¿Importante para qué? La codicia es consecuencia de la supervivencia, del “sttrugle for life.” ¿A quién hay que estrangular?

Si lo que realmente deseásemos fuese la entelequia del equilibrio ¿no serían igualmente importante todos y cada uno de los elementos de un ecosistema? ¿Por qué gradar la importancia? ¿Para situarnos en el pico de la pirámide alimenticia en un mantel de McMingas? Pero lo que deseamos no debe ser el equilibrio (sea o no una entelequia) sino, más bien, la intensidad fenomenológica, el disfrute, desde la fiesta farlopiana hasta la lágrima con Tolstoi, tanto el currante como el burgués o el aristócrata. Sólo nos importamos a nosotros mismos. Hasta la lágrima más pura y virgen tiene por objeto la autosatisfacción. ¡Onan! ¡Vuelve y llévatelos!

El problema de los toros es que es un enfrentamiento preparado, una especie de emboscada cabrona revestida con luces de neon. Y en eso no queda ya nada de honorable, los valores que dice representar son papel mojado, por mucho sentimiento e intensidad que haya detrás. Es como la mítica imagen del niño quemando las hormigas de su hormiguero de juguete con una lupa. No mola naaada. Se le pilla y se le explica qué es un ser vivo y por qué habría que tratar a todos los seres vivos (aceptamos pulpo como animal de compañía) como iguales, poniéndose en la piel ajena para entender las cosas desde otras latitudes. Lo otro es provocar violencia y hacer daño para ganar dinero, como en la guerra, bajo un trasfondo de reafirmación, celebración y ostentación de un orden social que aunque creamos obsoleto sigue ahí, bajo las piedras, esperando que nos descuidemos para volver a imponerse. Triste es que haya gente que para sentirse satisfecha y reafirmar su “virilidad” tenga que atentar y provocar violencia física contra seres vivos.

Como siempre, la verdad no es una, ni grande, ni libre. La foto es de aquí.


Sonido, símbolo y territorio

19 abril, 2010

 

“No hace demasiado tiempo la música era indisociable de un terrritorio: el country sólo podía entenderse como expresión sonora de un determinado entorno, al igual que el hip-hop, el blues o la música de vanguardia estaban definitivamente influidos por los lugares de donde provenían. (…) nuestra época se está desvinculando a toda velocidad de sus vínculos espaciales, con lo que las raíces tienen cada vez menos importancia. (…) El principal de ellos [de los cambios originados por esta deslocalización] tiene que ver con la rearticulación constante del pasado y la reorganización de los espacios que están generando las nuevas tecnologías de la comuniación. (…) Así, los músicos de rock están acudiendo mucho más al archivo que a la calle a la hora de buscar inspiración, con lo que sus elecciones estilísticas tienen menos que ver con sus vivencias cotidianas, con los sonidos más o menos rugosos de la realidad y mucho más con los variopintos estilos que les ofrece esa biblioteca sonora virtual. (…) a pesar de ello, lo local importa, y mucho, aunque más como entorno que posibilita la supervivencia del grupo que como influencia definitiva en el sonido de las canciones. (…) El rock&roll hoy tiene nuevas formas de precariedad (…). Dada la práctica imposibilidad de vivir de la música, estar en una banda tiene que ver con buscar tiempo para ensayar después del trabajo y con invertir dinero de continuo (…). Y con tocar en salas medio vacías a las que sólo van tus amigos (…). Y es en este sentido en el que los territorios se han vuelto importantes: no cómo lugar de producción sino cuanto lugar de recepción.” Manuel Beteta y Esteban Hernández, “El Southern indefinido. Nuevas tendencias de un género conservador,” Ruta 66, 3/10

Reflexiones aparecidas en el número de este mes (o quizá del mes pasado, no me acuerdo) del Ruta 66. En la imagen T-Model Ford acompañando a Gravelroad. Créditos fotográficos extraidos de aquí.


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