“No hace demasiado tiempo la música era indisociable de un terrritorio: el country sólo podía entenderse como expresión sonora de un determinado entorno, al igual que el hip-hop, el blues o la música de vanguardia estaban definitivamente influidos por los lugares de donde provenían. (…) nuestra época se está desvinculando a toda velocidad de sus vínculos espaciales, con lo que las raíces tienen cada vez menos importancia. (…) El principal de ellos [de los cambios originados por esta deslocalización] tiene que ver con la rearticulación constante del pasado y la reorganización de los espacios que están generando las nuevas tecnologías de la comuniación. (…) Así, los músicos de rock están acudiendo mucho más al archivo que a la calle a la hora de buscar inspiración, con lo que sus elecciones estilísticas tienen menos que ver con sus vivencias cotidianas, con los sonidos más o menos rugosos de la realidad y mucho más con los variopintos estilos que les ofrece esa biblioteca sonora virtual. (…) a pesar de ello, lo local importa, y mucho, aunque más como entorno que posibilita la supervivencia del grupo que como influencia definitiva en el sonido de las canciones. (…) El rock&roll hoy tiene nuevas formas de precariedad (…). Dada la práctica imposibilidad de vivir de la música, estar en una banda tiene que ver con buscar tiempo para ensayar después del trabajo y con invertir dinero de continuo (…). Y con tocar en salas medio vacías a las que sólo van tus amigos (…). Y es en este sentido en el que los territorios se han vuelto importantes: no cómo lugar de producción sino cuanto lugar de recepción.” Manuel Beteta y Esteban Hernández, “El Southern indefinido. Nuevas tendencias de un género conservador,” Ruta 66, 3/10
Reflexiones aparecidas en el número de este mes (o quizá del mes pasado, no me acuerdo) del Ruta 66. En la imagen T-Model Ford acompañando a Gravelroad. Créditos fotográficos extraidos de aquí.
