Topos et sonos

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A los pies de Mario restos de señales. En la esquina contigua una señora se acerca a la fuente en la que algún efebo romano rindió culto colectivo y dionisíaco a través de muuuuchos excesos.  De las gotas del vino a los racimos de uvas, a los pequeño, casi microscópicos insectos que pueblan los frutos como si fuesen planetas (esto me recuerda a una cierta historieta del ilustre Alan Moore sobre gigantes de piedra y civilizaciones de arañas, pena que no recuerde más). Cada cosa a su tiempo y a su espacio. Del plektopoi al sonotopoi. En palabras de Noel:

“Podríamos decir que el dormitorio, la sala de cine y el congelador industrial son lugares llenos de cosas. La oficina, la cocina, la buhardilla o la plaza, la calle y el vagón de metro son lugares que se llenan de mesas y tablas, de ventanas y luces y de nosotros mismos. También se llenan de pasos, de bostezos o de vendedores de cuchillos, y esa es la manera que tienen de adquirir sentido. Todo espacio está siempre lleno de algo, aunque sólo sea de límites, aunque sólo sea de paredes o fachadas, o fundamentalmente de aire; no hay espacios vacíos de sentido. Puede haber cuartos vacíos, libros en blanco o calles desiertas, pero no hay espacios vacíos. Incluso una hoja, que es un espacio apasionante, y el lugar donde empieza todo espacio, según Perec -“Así comienza el espacio, solamente con palabras, con signos trazados sobre la página blanca” (1999:31)- incluso una hoja, digo, está llena de ideas, de garabatos o de mente en blanco, y es un espacio lleno de sentidos.”

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