Bring the silence

Gracias a 3 acabo de conocer a Harpócrates (nada que ver con el amigo de la foto), que se parece sospechosamente al Horus egipcio, aunque con otro hálito hermético ¿Qué diría la SGAE, o mejor, cuánto le cobraría a los griegos por copiarles (“adaptar”) el panteón a los egipcios y a los romanos por sablear y esquilmar a los dioses griegos? Ya veo al Sr. Bautista acercándose a Pericles, ilustre ciudadano, y diciéndole “amigo, esto no puede ser, la industria tiene unas reglas que hemos de respetar.” Har har har.
En la foto el amigo Harpo, que en realidad se llamaba Adolfo Marx (vaya vaya). Otro personaje para añadir a mi larga lista de idolatrías. Siempre me gustó eso de la gabardina sin fondo y su postura tierna pero a la vez fiera respecto a la sexualidad. Parece que en la vida real era un tipo de lo más conservador, al contrario que su hermano Julius, que se parecía más a su propio personaje. He he.
No es la primera vez que me tildan de discreto (desconozco si en sentido matemático o moral) lo cual viene muy bien para según qué cosas, como la etnografía naturalista. Sin embargo, hay veces que es un problema, más que un problema, un obstáculo cara a conseguir lo que uno desea. Aunque volvemos a la ley de lo deseable de Proust, llega un momento en que si lo deseable e inalcanzable se vuelve inalterable el interés deja de existir. O sea, que si algo te mola y te da morbo porque es inalcanzable (o así lo construyes) con el tiempo pierde si sigue siendo inalcanzable. Como si juegas con un gato y un trozo de hilo. El animal se acaba cansando si todo el rato lo puteas. el juego pierde el sentido si lo haces interminable. El fin da sentido a las cosas. Me ha pasado últimamente con muchas cosas, mujeres incluidas. Entiendo que haya que darle un poco de intríngulis a la cosa, que si todo es llegar y besar el santo se pierde el misteeerio y esas cosas que los bestias no sabemos manejar. Pero otra cosa es marear la perdiz hasta que se desangra. Nunca entenderé ciertas estrategias. Por eso recomiendo dejar la esperanza en casa antes de salir, al lado de la dignidad, de la razón y de la dentadura, en un cajón de la mesilla de noche. No olvidarse el humor, que eso si que es lo último que se ha de perder. Si no, uno va por la calle haciéndose ilusiones, enamorándose de todo lo que pasa por delante de sus ojos y cuando vuelve después de un largo día de “trabajo” (chámalle x) la interacción que se encuentra es más bien pobre. Nada que una dosis de psicoactividad no pueda resolver.

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