Isla de encanta. Reflexiones y digresiones al hilo de la tauromaquia

La reflexión de Josep Maria Yago sobre la prohibición de los toros en Catalunya y la actitud del PP respecto a esta y otras decisiones del aparato de gobierno catalán, me han llevado a escribir un pelín sobre el tema, aclarando así los muchos eslóganes y opiniones que se cruzan en mi cabeza estos días. Así que allá van. No esperen claridad ni coherencia 🙂

Lo que primero tengo que decir es que me parece bien que se prohíban actividades comerciales que se lucren con el sufrimiento ajeno. Es más, lo de los toros me parece un gesto de lo más escueto e hipócrita. No citaré aquí cuántos animales mueren al día para alimentarnos, ni las circunstancias emocionales a los que se los somete, ni otros problemas relacionados ya no sólo con el sufrimiento animal sino con el humano porque la lista sería kilométrica.

Hace bien poco intentaba entender lo que es el dolor y lo que representa socialmente. El dolor en cuanto a qué respuestas construyen la cultura y la sociedad en base a un hecho biológico que es, a su vez, la expresión de una agresión al organismo. Me preguntaba si las formas mediante las que las culturas humanas construyen la sensación de dolor (tanto en sus vertientes emocionales como psico-sociales o biomédicas) serían o no aplicables más allá de la frontera de las propias culturas humanas, es decir, si los animales sienten dolor, sufren, padecen de la misma forma que los seres humanos. La respuesta más evidente que se me ocurrió es que no tengo ni flowers, es decir, que no existe una certeza absoluta de que un conocimiento surgido en el seno de la especie humana (ergo antropocéntrico y etnocéntrico) sea proyectable a otras especies animales. Disney ha hecho mucho daño (todavía no me he recompuesto de la muerte del papá de Simba) y la antropomorfización social del reino animal es algo que viene de muy antiguo y que, por tanto, debe estar muy arraigado en el aparato simbólico de culturas y sociedades. Pero esta vía es un callejón sin salida ya que no sólo resulta impensable que ningún mamífero disfrute vomitando sangre y muriendo poco a poco, sino que cualquier profesional de la tauromaquia puede interpretar qué le pasa por la cabeza a un toro de lidia, qué siente, si una estocada le duele más o menos. En fin, que no, que los animales de una manera sufren y no les mola nada, a pesar de esta sospechosa coincidencia. Punto muerto.

Después de darme cuenta de que no estaba en el servicio de señoras y que el servicio sigue estando mu malamente (un tiempo después) leí el artículo que motiva esta reflexión. Y me puse a pensar, bueno, más bien el pensamiento salió como una erupción de acné de hormona juvenil. Al hilo de seguir más o menos todo el proceso que llevó a la aprobación de la prohibición de las corridas de toros en Catalunya (parece que se dice así, curioso, aprobar una prohibición), contrastándolo con el encendido ánimo político en la “nación catalana,” he acabado por pensar que este proceso prohibicionista no es otra cosa que una pantomima, una impostura de la clase política para apuntarse un tanto con la plebe ¿Qué son unos dinerillos menos en subvenciones, entradas y otros huntos de muchos colores en comparación con ganarse al populacho, tomar partido en bloque y sin fisuras en la batalla por la defensa de la identidad nacional catalana? Menudencias. Si existiese una voluntad certera de minimizar el sufrimiento animal, un compromiso con el estatus moral del resto de especies animales y, por qué no, vegetales y minerales también, se haría una regulación más amplia y sólida. Una que realmente pensase en los animales (vegetales, minerales…) y protegiese sus derechos. Pero ¿qué derechos serían esos? ¿No estaríamos entonces dotando a los animales (etc.) de unos derechos que nosotros nos hemos imaginado que quieren o que les van bien pero que les son ajenos, que les vienen impuestos? Podemos creer saber qué es lo mejor para un animal o una persona y creerlo ciegamente a partir de sesudos estudios etológicos y reflexiones estratosféricas (como esta, hehe) sobre qué significa “ser animal salvaje,” “ser animal doméstico” o “libertad animal,” pero ¿qué sentido tiene imponerle a otras especies lo que nosotros creemos que es lo mejor? ¿No es lo que hacen los estados o lo que las religiones llevan eones haciendo? ¿No es un poco peligroso dejar en manos humanas (ergo, codiciosas) la decisión de qué es lo que mola y qué no mola un can? Yo aun diría más ¿por qué si la libertad es un concepto tan humano, la proyectamos constantemente sobre nuestro entorno? ¿estamos taaan incómodos como para tener la necesidad de humanizar lo que nos rodea? Eso parece. A veces decir libertad es decir “compóntelas como puedas, a mi me la sopla.” Por el contrario, cuando dejamos que una planta (por poner un ejemplo más tranquilo) crezca “en libertad” ¿no la estamos privando del conocimiento que generación tras generación de familias jardineras nos han legado? ¿No estaremos siendo maaaalos? En fin, otro camino sin salida.

Siguiente aspecto: especulaciones sobre el componente simbólico. Por lo que tengo entendido y he podido leer, la tauromaquia o, mejor, las tauromaquias, son fenómenos culturales surgidos de otros de carácter ritual, es decir, que primero fueron celebraciones explícitamente simbólicas (cuando eso se llevaba), posiblemente restringidas a determinados sectores de la población, que progresivamente fueron ganando adeptos y relajando o cambiando sus protocolos hasta llegar a lo que conocemos hoy día. Un evolucionista sacaría de aquí una graaan teoría sobre como la tauromaquia es una adaptación cultural del ritual primigenio en donde se devoraban las entrañas de viejos uros mientras se copulaba compulsivamente. Pero no es ese el caso o, al menos, todavía no. El caso es que hay muchas y muy diversas formas de practicar la tauromaquia, pero todas se basan en lo mismo: cabrear a un bicho hasta que tenga unas ganas de matarte que te cagas, putearlo un buen rato para el deleite de un mogollón de frikis ávidos de cachondeo y arte y, en el peor de los casos (el “nuestro”), matarlo con un sólo gesto. Muerte para demostrar el poder del hombre sobre la bestia y (de paso) cobrar un pastón y ganar mazo renombre; lo que lleva a follar más, que te inviten a copas en los garitos más molones, moverse en un carro que lo flipas, tener una casa de putifa y un largo etcétera de milongas terrenales que facilitan enormemente la existencia. Lo que se ha prohibido en Catalunya no son las formas de tauromaquia en general, sino unas formas muy concretas y particulares. Unas formas que vienen históricamente asociadas al adocenamiento del populus tras la Guerra Civil y que toman forma en la manipulación de la figura de Manolete. Un golpe a la virilidad postprofranquista, un paso adelante en la (re)vindicación de una identidad nacional catalana.

Pero en Catalunya también hay formas de tauromaquia. Es curioso que se haya pasado de puntillas sobre la violencia de los “correbraus” de, por ejemplo, las Terres de l’Ebre. Sin embargo, no creo que esa haya sido la lógica que ha regido el proceso, la reivindicación de las formas propias ante el histórico asedio colonial español, sino, más bien lo que decía a mitad del párrafo: ganarse a la plebe. En el fondo la clase política (salvo grandes excepciones) lo que quiere es perpetuarse, esa vieja aspiración vampírica de la aristocrática de ganarse la vida eterna. Hasta podría parecer que se la sude por completo la deriva del paradigma nacional catalán, al contrario que a la derecha española, que ha heredado un amplio conocimiento práctico sobre las veleidades de la ingeniería identitaria. Catalunya lleva unos cuantos años de desfase respecto a la gestión de la industria identitaria española, pero está haciendo muy bien los deberes, y con un refinamiento fuera de serie. Nunca he visto peña más violentamente idenpendentista que los hijos de los emigrantes del resto del estado. Y sin problemas ni demasiada reflexión, “ezo é azín.”

Pero, en fin, que ya me pierdo en el mar de las digresiones. El caso es que se prohíben las formas de tauromaquia simbólicamente entendidas como ajenas, a las que se quiere enajenar de la realidad catalana, sentidas como impuestas desde la España franquista y construidas como crueles y anti-ecológicas, pasando de puntillas, sin embargo, por los “correbous,” a mi juicio, tan crueles como sus homólogos españoles. Pero, misteriosamente, se respira tranquilidad y satisfacción (a diferencia de Canarias, donde poca gente recuerda que también allí se prohibieron). Por fin. Se ha empezado a expulsar el virus infeccioso de la españolidad. Es un gesto de desafío revestido de acción defensiva, en una dialéctica muy orwelliana, algo que, desgraciadamente, se está volviendo demasiado cotidiano.

La cuestión del proteccionismo, de decir “prohibir los toros es defender al animal” me trae a la memoria, salvando las distancias, eso si, los comienzos de los movimientos de defensa de los derechos civiles de los sectores afro-americanos en los Estados Unidos. Siempre hay cierta dosis de paternalismo en el deseo de que alguien que consideramos oprimido se libere de sus cadenas. Y quizá este hecho, que pidamos ahora una clase de protección para un tipo de seres vivos, podría llevar a la sociedad civil a replantearse su relación con el resto de animales y, por tanto, con los ecosistemas que componen el planeta. Es el cuento del calentamiento global: Al Gore y Lisa Simpson subidos en una extraña máquina elevadora señalando los hechos con una fe que mueve montañas. Yo aun diría más: ¿por qué un ser vivo ha de merecer más respeto que un mineral? ¿qué teoría y qué disciplinas han determinado esto? La vida basada en el carbono puede que sea tecno-ecológicamente más refinada, pero ¿la hace eso más importante? ¿Importante para qué? La codicia es consecuencia de la supervivencia, del “sttrugle for life.” ¿A quién hay que estrangular?

Si lo que realmente deseásemos fuese la entelequia del equilibrio ¿no serían igualmente importante todos y cada uno de los elementos de un ecosistema? ¿Por qué gradar la importancia? ¿Para situarnos en el pico de la pirámide alimenticia en un mantel de McMingas? Pero lo que deseamos no debe ser el equilibrio (sea o no una entelequia) sino, más bien, la intensidad fenomenológica, el disfrute, desde la fiesta farlopiana hasta la lágrima con Tolstoi, tanto el currante como el burgués o el aristócrata. Sólo nos importamos a nosotros mismos. Hasta la lágrima más pura y virgen tiene por objeto la autosatisfacción. ¡Onan! ¡Vuelve y llévatelos!

El problema de los toros es que es un enfrentamiento preparado, una especie de emboscada cabrona revestida con luces de neon. Y en eso no queda ya nada de honorable, los valores que dice representar son papel mojado, por mucho sentimiento e intensidad que haya detrás. Es como la mítica imagen del niño quemando las hormigas de su hormiguero de juguete con una lupa. No mola naaada. Se le pilla y se le explica qué es un ser vivo y por qué habría que tratar a todos los seres vivos (aceptamos pulpo como animal de compañía) como iguales, poniéndose en la piel ajena para entender las cosas desde otras latitudes. Lo otro es provocar violencia y hacer daño para ganar dinero, como en la guerra, bajo un trasfondo de reafirmación, celebración y ostentación de un orden social que aunque creamos obsoleto sigue ahí, bajo las piedras, esperando que nos descuidemos para volver a imponerse. Triste es que haya gente que para sentirse satisfecha y reafirmar su “virilidad” tenga que atentar y provocar violencia física contra seres vivos.

Como siempre, la verdad no es una, ni grande, ni libre. La foto es de aquí.

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1 comentario
  1. Alberto dijo:

    hola

    Eres el mismo que tenia el email mioclonic @yahoo.com

    escribeme a almudeno69@yahoo.com

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