Peatones y fumadores

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Como fumador empedernido que soy hago mías las palabras de Frank Zappa mediante las que afirmaba un regular aprecio por la que era su planta favorita: el tabaco. Como tal, como digo, no acogí de buena gana la serie de medidas que el gobierno de turno decidió llevar a cabo y que han situado a los fumadores a las puertas de todo tipo de locales, sean privados o públicos, institucionales o de hostelería, dedicados a la enseñanza o a la más pura diversión lúdica. Sin embargo, como persona, (que también los soy, aunque a veces lo dude, en vista de muchas de las actitudes de mis congéneres) y como ciudadano no sólo me parece mala solución sino que aplaudo los esfuerzos por limitar los espacios en donde cada uno pueda dedicarse al vicio humeante sin perjuicio de los demás, especialmente de aquellos cuyos organismos no se han desarrollado completamente. También a pesar de mis intereses, que tienen que ver con todo aquello que suena y que proviene de una base social, me han venido preocupando desde entonces las repercusiones en la implementación de tales políticas, pues una de ellas, de vaciar los locales de fumadores, es un aumento considerable del ruido a las puertas de bares, restaurantes y demás espacios afectados por las reglamentaciones antitabaco. Me parecen, en resumen, medidas acertadas a la luz de la salud pública. Una situación a la que debemos acostumbrarnos a fin de mejorar el estado de los pulmones de aquellos que se encuentran cerca de nosotros, pues aquellos que fumamos no le deseamos mal a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, por extraño que pueda parecer.

 Ahora bien, analicemos una situación que, si bien no es similar en su contenido, si lo es estructuralmente: la presencia de coches en nuestras ciudades, calles, vecindarios y en el tejido urbano en general. Recientemente ha llegado a mis manos una noticia del Diari de Tarragona (que ahora mismo no puedo linkear puesto que todavía está fresca y no figura en la web del mismo periódico) que habla sobre la peatonalización del centro histórico de Tarragona, más conocido como la “Part Alta,” del que soy vecino y que ha venido ocupando mis pensamientos y ocupaciones científicas desde hace al menos cinco o seis años. No es una problemática que haya aboradado en profundidad en mis estudios, si bien si que he reseñado la existencia de dichos planes así como la configuración de un frente de desencuentros fruto de la falta de comunicación entre las instancias vecinales y los sucesivos gobiernos municipales. Como, desgraciadamente, ya es habitual en nuestras rutinas locales, comarcales, nacionales y supra-nacionales, nuestros dirigentes, en un ardid dialéctico que los sitúa en lo que popularmente se conoce como “no tener abuela,” piensan que saben más que nadie, confundiendo su papel político con el propio de los técnicos, que son a los que deberíamos atribuir un alto conocimiento de aquello que ocurre a nuestro alrededor, por supuesto, sin perjuicio de los que experimentamos la realidad de nuestro barrio día a día.

 La cuestión, y ya con esto voy de lleno al grano del asunto, es peatonalización ¿si o no? Y, en caso positivo ¿qué clase de peatonalización, de qué modo y en qué zonas concretas? Parece evidente que una peatonalización total es del todo inviable en la Part Alta, ya que el barrio se encuentra sumido en un proceso de reestructuración urbanística que lo está encaminando, como ocurre en un sinfín de casos similares, hacia su especialización dentro del tejido de la ciudad. De este modo, y de la mano de su sectorización hacia los servicios, sean estos culturales, relacionados con servicios de hostelería, turísticos etc., la presencia de vehículos motorizados se entiende como necesaria. Aun cuando las cifras censales nos indican que hay cerca de cuatro mil vecinos que, cual aldea gala sitiada por ejércitos romanos, se resisten a cambiar de domicilio y permitir el avance del “progreso,” los vecinos en su gran mayoría también parecen estar necesitados de los motores de combustión para llevar a cabo sus actividades cotidianas. Mi reflexión gira en torno a esta necesidad. Así como a los fumadores se nos imponen una serie de criterios externos en base a la salud pública, a los conductores de coches o a los usuarios de motores de combustión aplicados a la movilidad no ¿De dónde viene esta diferencia? Muy sencillo: de que gran parte de nuestras economías (tanto a un nivel macro como a un nivel micro) funcionan gracias a la energía que genera la combustión de combustibles fósiles. Y, así como los no fumadores se preguntaron en su momento por qué tenían que pagar los vicios ajenos con la salud propia, ahora yo me pregunto ¿por qué los no conductores hemos de sacrificar nuestra salud (personal, pero ecológica también) en virtud de los vicios ajenos?

 En un momento de cambio histórico como en el que nos encontramos, en que la economía y la autoridad están en entredicho ¿por qué seguimos depositando nuestra confianza en camellos de petróleo? ¿Acaso no hay otras alternativas? Pensemos en los beneficios que un cambio de paradigma podría aportarnos. Sin motores de combustión (que no sin vehículos, no está de más recordar que el transporte eléctrico está suficientemente desarrollado como para ser utilizado en cualquier momento) los ambientes de nuestras ciudades se verían severamente afectados, en sentido positivo. El ruido se reduciría drásticamente (en cuanto se dirimiesen las polémicas relacionadas con la detección de la presencia de los vehículos eléctricos, claro), la contaminación bajaría enormemente y todos ganaríamos en salud y tranquilidad. Y, aun mejor, el gasto sanitario y medioambiental bajaría considerablemente.

 La peatonalización absoluta es imposible pero se pueden tomar medidas concretas para reducir el impacto de la combustión en nuestras vidas, en el entorno de nuestras ciudades, en el patrimonio arquitectónico y social de nuestros barrios. Un buen y serio plan de aparcamiento (problema endémico de la ciudad, que también tenemos que pagar los no conductores) para los vehículos sería estupendo. Del mismo modo, la racionalización en los usos del barrio, delimitando zonas de tránsito como ya se está haciendo. Lo que si es necesario, tanto a corto como a medio y largo plazo, es minimizar el impacto que los combustibles fósiles y su combustión tienen en nuestros quehaceres cotidianos. Pero ¿es posible esto en una ciudad como Tarragona en donde la sombra de la industria petroquímica posee más autoridad que la autoridad competente? Ahí queda la cosa.

La imagen sale de aquí.

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