Tres infiernos para el señor Rodriguez

Foto0793

“Mientras Manuel se aproximaba a la cripta pensó en lo mucho que le había dolido la actitud de Marcela en su última visita. En cómo él se desplazó lo más rápido que pudo hasta ella para encontrársela con una actitud fría y distante, nada que ver con la conversación telefónica que lo había alarmado de tal manera para llevarlo hasta su lado. En cómo todo lo que ahora le ocurría parecía ser fruto de una suerte de justicia cósmica y kármica. En cómo se había dejado llevar por ciertas proyecciones y deseos genealógicos que ahora, por fin, había identificado y se le presentaban con una inusitada violencia. En cómo al principio no le prestaba ni la más mínima atención a las emociones y cuidados que ella le brindaba, pues andaba más concentrado en su clítoris que en su corazón. En cómo la utilizó como válvula de escape, para pensar en una vida al margen de los fantasmas. En cómo, cuando se presentó la oportunidad de emigrar, la presencia de Marcela empezó a convertirse de nuevo en una carga. En cómo perdió los papeles y en lo peligroso que es dejarse llevar sin hacer explícitos los compromisos. Pero, claro, hay cosas que era mejor no hablar, y menos ahora, que ya era tarde para cualquier maniobra.

El viento soplaba a través del pasadizo, la luz era escasa y la humedad junto con la oscuridad proyectaban imágenes fantasmales en su cabeza. Pero Manuel no estaba asustado de lo que pasaba fuera. En su interior anidaban fantasmas mucho más intensos que lo que fuera pudiera ocurrir. No le importaba morir. Aunque toda la vida había tenido el suicidio como comodín por si algo se torcía (cosa que no había hecho por respeto y por no dejar un sabor de boca amargo), ahora su cuerpo luchaba por sobrevivir y enfrentarse a un torrente de emociones que creía enterradas hace tiempo. Pero comerse unas ganas de llorar o una explosión de amargura no significa que dejen de padecerse sino que, en el caso de Manuel, se acumulaban bajo la alfombra de la sala de estar de su hipotálamo, aquel chill-out donde las neuronas iban a relajarse para encontrarse con toda aquella mierda. Era hora de limpiar, y no se le ocurrió mejor idea a Manuel que enfrentarse a todos sus miedos de golpe personificados en aquel pasadizo y en la cripta que lo esperaba al final.

Manuel no quería odiar a nadie, pero el odio era lo único que lo mantenía cuerdo. ¿Cómo va a ser alguien capaz de odiar seriamente a la persona con la que ha compartido tantas experiencias, sensaciones y emociones? Manuel necesitaba odiar a Marcela para mantenerla alejada y que así sus heridas se cerrasen. Y la actitud desprendida de ella tampoco ayudaba mucho. “Si por lo menos ella se hubiera interesado por lo que siento ahora”, se repetía constantemente, “al menos tendría alguien con quien hablar, alguien que me conociese y a quien contarle por lo que estoy pasando”. Pero Marcela parecía estar ya en otra onda, en la órbita de su propio ecosistema planetario. Años de sufrimiento y falta de comunicación habían hecho que su amor se desvaneciese y su interés decreciese hasta el cero absoluto.

Entre reflexiones autodestructivas y emociones encontradas Manuel llegó al final del túnel. Allí, una mirilla protegida por una reja captó su atención. Encendió su mechero para ver qué había al otro lado y no vio nada diferente a lo que tenía alrededor: oscuridad, humedad y eco. Vacío, como él.

Manuel llamó a la puerta. Nada ocurrió en los segundos que siguieron a la llamada. Algo le decía que allí detrás encontraría alguna respuesta. Movió el mechero frenéticamente en todas direcciones y finalmente encontró una inscripción en la piedra que rezaba “HTLQQSTLL”. La leyó en voz alta, se la apuntó en un brazo y volvió a llamar. Entonces la puerta se abrió y algo absorbió a Manuel hacia dentro. Nunca más se supo de él.”

by-nc-sa.eu_petit

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: