Cuentos para dormir monas

“La sirena era porculera, pero bonita en su sonar sin embargo. Con un cierto swing entre cola y ataque. La llegada, ligera y exponencial, caía en picado para volver a empezar de forma inmediata e indescansa, dibujando una montaña con una ladera suave a la izquierda y un acantilado a la derecha. Con una clase, una intención esteta detrás, de la que carecen las de ambulancias, coches de bomberos o de policía, acaso más hoscas, rugosas o estridentes. Parecía haber sido pensada para ser acogedora o inducir unas ciertas tersura y suavidad al paladar auditivo aun siendo un sistema de conmoción cotidiana. Completamente fuera de lugar. Siguió resonando en mi cabeza durante un rato después de dejar de sonar. Lo último que pensé es por qué sonaba. Me lancé a los pies del momento, dejándome mecer por aquella ida y vuelta, imaginando una sincronía con las luces oscilantes de un faro estrecho y con el techo rojo, ligeramente abombado, como dibujando la forma de una polla empalmada en modo Bauhaus. Pasó un buen rato y me imaginé un mundo con una esperanza de vida de 10 años por individuo humano en donde las alarmas eran canciones de cuna y su misión adormecer a los posibles agresores o ladrones.”

Extraído de “No sonoras de llegar” del Ulmo. Zr. Ptrr. Phineas Fornitz

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