Didáctica suicida

“Querida Ambar. Si estás leyendo esto es que ya no hay solución. Me he ido para siempre y nunca volveré. Te pido por favor que no te pongas triste ni melancólica, pues mi marcha era algo que se veía venir. La ley del más fuerte se llama. Una selección natural por la que aquellos que no damos la talla, los que no hemos sido capaces de desentrañar los misterios de la supervivencia hemos de quedarnos atrás y tomar la forma de recuerdos, acaso piedras en el camino o quizá oasis en los que refrescarse y salir reforzados. No se qué forma tomaré en la experiencia de los que se han cruzado en mi vida. Lo que si se es que, aunque ya no esté, no quisiera que se me rindieran homenajes ni que la gente llorase mi ausencia definitiva, pues estuve entre todos ellos tiempo suficiente como para que disfrutasen de mi y si no lo hicieron en su momento de nada vale lamentarse ahora que ya no estoy. Espero que aprendan la lección y traten mejor a sus semejantes. Me voy con la cabeza bien alta, orgulloso de haberme mantenido firme en mi lucha, aunque el mensaje haya pasado desapercibido. No se si llegará un tiempo en que la gente entenderá lo que quise. La gente es gente, y todos estamos sujetos a pasiones, vicios y hábitos mejores o peores. Tampoco espero más que un dulce olvido, que la Historia no me otorgue ni un pie de página siquiera. No quiero figurar en las crónicas de esta especie que tanto maltrata a sus semejantes y a sus entornos sin darse cuenta. No volveré en caso de que esto ocurra de esta manera. Y esa es precisamente la razón de mi marcha. Ya no tengo donde ir, donde esconderme de mi mismo ni de mis demonios, que son los mismos que los de todo el mundo, pero yo no he debido interiorizar esa sordera de forma apropiada. Me siento solo y maltratado hasta cuando estoy rodeado de gente. Y el runrún me está matando hasta tal punto que prefiero quitarme de en medio y buscar la tranquilidad en otros confines del universo conocido, con la certeza de que lo que me encuentre será infinitamente mejor que lo que aquí me ha venido dado. Te invitaría a venir, pero mi decepción con los de tu especie (que desgraciadamente es la mía también) es tan grande que tu presencia no haría más que ahondar en la herida que lleva sangrando desde el mismo momento en que me arrancaron de las entrañas de mi madre. Te ruego que no te tortures por mi pérdida y te tomes esto como una oportunidad para mejorarte, a ti y a tu entorno, para salir de ese encierro al que te sometes y para que reivindiques la revolución sensible por la que tanto he luchado. Para mi es el final de un tiempo de sufrimiento, pero no tiene que serlo para ti. Vive y recuerda mis palabras. Obra según te dicte tu conciencia.”

Extraído de “Las últimas palabras de Maurice Cachelo”.

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