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Archivo del Autor: mglon

De Epic Rap Battles of History, que parece un spin off de Celebrity Deathmatch en cándido. A cada cuál más insólita.

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Tres personas me han despertado hoy de la siesta. Tres perfiles contemporáneos que hacen que el mundo funcione mejor.

El ingenioso ingeniero al que se le ocurrió la brillante idea de colocar un sistema de señalización acústico para indicar la presencia de un vehículo pesado dando marcha atrás.

El político ultracualificado que sabe perfectamente cuál es su trabajo y permite que las ciudades se vendan a los mejores postores en detrimento de la calidad de vida de sus ciudadanos/electores. Cuando se acerquen las elecciones ya cambiará de discurso y ya alabará patrimonios inmateriales (como mi extinta siesta) una vez que hayan dejado de existir.

El ciudadano dormido al que todo le parece bien, que sabe que los que están por encima suyo (a título organizativo, claro) saben perfectamente lo que es mejor para él, por lo que sólo emite su opinión cada cuatro años.

A todos ellos: muchas gracias por hacer un mundo mejor

(Imagen: “El jovencito Frankenstein” de Mel Brooks)

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Como fumador empedernido que soy hago mías las palabras de Frank Zappa mediante las que afirmaba un regular aprecio por la que era su planta favorita: el tabaco. Como tal, como digo, no acogí de buena gana la serie de medidas que el gobierno de turno decidió llevar a cabo y que han situado a los fumadores a las puertas de todo tipo de locales, sean privados o públicos, institucionales o de hostelería, dedicados a la enseñanza o a la más pura diversión lúdica. Sin embargo, como persona, (que también los soy, aunque a veces lo dude, en vista de muchas de las actitudes de mis congéneres) y como ciudadano no sólo me parece mala solución sino que aplaudo los esfuerzos por limitar los espacios en donde cada uno pueda dedicarse al vicio humeante sin perjuicio de los demás, especialmente de aquellos cuyos organismos no se han desarrollado completamente. También a pesar de mis intereses, que tienen que ver con todo aquello que suena y que proviene de una base social, me han venido preocupando desde entonces las repercusiones en la implementación de tales políticas, pues una de ellas, de vaciar los locales de fumadores, es un aumento considerable del ruido a las puertas de bares, restaurantes y demás espacios afectados por las reglamentaciones antitabaco. Me parecen, en resumen, medidas acertadas a la luz de la salud pública. Una situación a la que debemos acostumbrarnos a fin de mejorar el estado de los pulmones de aquellos que se encuentran cerca de nosotros, pues aquellos que fumamos no le deseamos mal a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, por extraño que pueda parecer.

 Ahora bien, analicemos una situación que, si bien no es similar en su contenido, si lo es estructuralmente: la presencia de coches en nuestras ciudades, calles, vecindarios y en el tejido urbano en general. Recientemente ha llegado a mis manos una noticia del Diari de Tarragona (que ahora mismo no puedo linkear puesto que todavía está fresca y no figura en la web del mismo periódico) que habla sobre la peatonalización del centro histórico de Tarragona, más conocido como la “Part Alta,” del que soy vecino y que ha venido ocupando mis pensamientos y ocupaciones científicas desde hace al menos cinco o seis años. No es una problemática que haya aboradado en profundidad en mis estudios, si bien si que he reseñado la existencia de dichos planes así como la configuración de un frente de desencuentros fruto de la falta de comunicación entre las instancias vecinales y los sucesivos gobiernos municipales. Como, desgraciadamente, ya es habitual en nuestras rutinas locales, comarcales, nacionales y supra-nacionales, nuestros dirigentes, en un ardid dialéctico que los sitúa en lo que popularmente se conoce como “no tener abuela,” piensan que saben más que nadie, confundiendo su papel político con el propio de los técnicos, que son a los que deberíamos atribuir un alto conocimiento de aquello que ocurre a nuestro alrededor, por supuesto, sin perjuicio de los que experimentamos la realidad de nuestro barrio día a día.

 La cuestión, y ya con esto voy de lleno al grano del asunto, es peatonalización ¿si o no? Y, en caso positivo ¿qué clase de peatonalización, de qué modo y en qué zonas concretas? Parece evidente que una peatonalización total es del todo inviable en la Part Alta, ya que el barrio se encuentra sumido en un proceso de reestructuración urbanística que lo está encaminando, como ocurre en un sinfín de casos similares, hacia su especialización dentro del tejido de la ciudad. De este modo, y de la mano de su sectorización hacia los servicios, sean estos culturales, relacionados con servicios de hostelería, turísticos etc., la presencia de vehículos motorizados se entiende como necesaria. Aun cuando las cifras censales nos indican que hay cerca de cuatro mil vecinos que, cual aldea gala sitiada por ejércitos romanos, se resisten a cambiar de domicilio y permitir el avance del “progreso,” los vecinos en su gran mayoría también parecen estar necesitados de los motores de combustión para llevar a cabo sus actividades cotidianas. Mi reflexión gira en torno a esta necesidad. Así como a los fumadores se nos imponen una serie de criterios externos en base a la salud pública, a los conductores de coches o a los usuarios de motores de combustión aplicados a la movilidad no ¿De dónde viene esta diferencia? Muy sencillo: de que gran parte de nuestras economías (tanto a un nivel macro como a un nivel micro) funcionan gracias a la energía que genera la combustión de combustibles fósiles. Y, así como los no fumadores se preguntaron en su momento por qué tenían que pagar los vicios ajenos con la salud propia, ahora yo me pregunto ¿por qué los no conductores hemos de sacrificar nuestra salud (personal, pero ecológica también) en virtud de los vicios ajenos?

 En un momento de cambio histórico como en el que nos encontramos, en que la economía y la autoridad están en entredicho ¿por qué seguimos depositando nuestra confianza en camellos de petróleo? ¿Acaso no hay otras alternativas? Pensemos en los beneficios que un cambio de paradigma podría aportarnos. Sin motores de combustión (que no sin vehículos, no está de más recordar que el transporte eléctrico está suficientemente desarrollado como para ser utilizado en cualquier momento) los ambientes de nuestras ciudades se verían severamente afectados, en sentido positivo. El ruido se reduciría drásticamente (en cuanto se dirimiesen las polémicas relacionadas con la detección de la presencia de los vehículos eléctricos, claro), la contaminación bajaría enormemente y todos ganaríamos en salud y tranquilidad. Y, aun mejor, el gasto sanitario y medioambiental bajaría considerablemente.

 La peatonalización absoluta es imposible pero se pueden tomar medidas concretas para reducir el impacto de la combustión en nuestras vidas, en el entorno de nuestras ciudades, en el patrimonio arquitectónico y social de nuestros barrios. Un buen y serio plan de aparcamiento (problema endémico de la ciudad, que también tenemos que pagar los no conductores) para los vehículos sería estupendo. Del mismo modo, la racionalización en los usos del barrio, delimitando zonas de tránsito como ya se está haciendo. Lo que si es necesario, tanto a corto como a medio y largo plazo, es minimizar el impacto que los combustibles fósiles y su combustión tienen en nuestros quehaceres cotidianos. Pero ¿es posible esto en una ciudad como Tarragona en donde la sombra de la industria petroquímica posee más autoridad que la autoridad competente? Ahí queda la cosa.

La imagen sale de aquí.

Llevo unos días madurando lo siguiente: ¿cuál es la idea de la vida en sociedad? Teóricamente la gente se junta para vivir mejor ¿no? Para evitar penurias y unir esfuerzos ante las adversidades del mundo, igual que el resto de animales “sociales” (si es que los hay que no lo sean, en términos de ecosistema). Por la vía práctica, la evolución nos ha hecho adoptar formas sociales de comportamiento y de producción para asegurar la supervivencia de la especie.

Sin embargo, la asociación de gentes se ha hecho global y se ha perdido la perspectiva de las razones que nos mantienen unidos. La comodidad de la vida contemporánea bien vale algunos sacrificios. Pero ¿cuáles son esos sacrificios? Como el que vive en un pueblo plagado de mafiosos, que de vez en cuando tiene que cerrar los ojos y tragarse algún robo, asesinato o atropello a la dignidad de algún vecino o transeúnte, constantemente me llegan noticias de acontecimientos similares a lo largo y ancho del mundo conocido (no me quiero ni imaginar lo que pasa en el mundo desconocido). Lo último es ya demasiado serio como para seguir tragando porque ya es evidente que hay una serie de elementos de esta asociación que se aprovechan de la voluntad general (elegida o impuesta) de supervivencia y mejoría. Todo esto, además de que la gente con banderas o con pistolas no me inspira ninguna confianza, me lleva a replantearme la base de la vida en sociedad.

La cuestión es que ya no me siento identificado con la sociedad en la que vivo, en el sentido de su orden social. Posiblemente si en términos culturales (Homo sum, humani nihil a me alienum puto: soy una persona, nada humano me es ajeno, que decía Terencio), pues comparto toda una serie de patrones de conducta, gustos o actitudes con la gente que hay a mi alrededor, pero ni de coña con las formas de gestionar los recursos sociales, con unas instituciones que pienso están obsoletas en su estructura, funcionalidad y funcionamiento, ni con un sistema de representatividad que, independientemente de su base social, decide hacer esto o lo otro en presunto beneficio de la asociación sin consultar ni al oráculo. Tiene narices la cosa.

¿Qué es lo que me queda? ¿Sobrevivir dentro de una asociación de gente asociada para sobrevivir? Sin ánimo de ofender: y una mierda. Humildemente, creo que se puede hacer mucho mejor, tanto desde la individualidad como desde la asociación. ¿Cuál es el problema? Que aquellos que se aprovechan de la voluntad de supervivencia y mejoría de los demás han generado toda una serie de estrategias y recursos para endulzar una existencia asociada a la asociación de gentes, y otras para dar por el culo (en el sentido rosadieciano) a los que no comulgan o se muestran excesivamente críticos (constructiva o destructivamente) con la estructura de la asociación.

Visto lo visto, de cómo se ha convertido ese espíritu de aprovechamiento de la voluntad de supervivencia y mejoría en una forma de ganarse las castañas, y visto que hasta instituciones tan retrógradas como la Iglesia católica, las compañías de telecomunicaciones o el sistema educativo de la eurozona se puede solicitar la baja definitiva, aunque sea por un módico precio, me pregunto ¿qué hay que hacer para darse de baja de la sociedad?

El primer problema es el institucional. Vete tú a donde haya que ir a decir que ya no quieres seguir siendo oficialmente “español,” “catalán,” “tarraconense” o lo que quiera que sea cada uno. El segundo, derivado del primero, es ¿y dónde te metes? Los estados son virus que infectan el mundo, no hay esquina que no haya sido apropiada por ningún estado. Hasta la Antártida “pertenece” a algún estado (de hecho lo reclaman Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y el Reino Unido). Ni en una balsa en el mar podría vivir. Podría venir cualquier y reclamarme o apropiarse de mi. Conclusión: no hay vuelta de hoja, o cambia todo o no cambia nada. Otra batalla perdida.

Lo único que, desde la individualidad, puedo hacer, es obrar según me dicte mi conciencia, que es otra forma de opresión, más suave, en mi caso. Bajo mi forma de ver y construir el mundo, sería cojonudo que todos tuviésemos derecho a opinar y cuestionarlo todo. De la misma forma que la pregunta inocente de un niño de 5 años puede poner en aprietos (más allá del dogma de autoridad, claro) al catedrático más laureado de la universidad más podrida del mundo, sería fantástico, además de súper-entretenido, que cualquier “agente del orden” pudiese argumentar las acciones que emprendiese. Así, si por ejemplo nos parasen por la calle para pedirnos la documentación, podríamos acabar en un intenso debate sobre si la identificación y el reconocimiento al que nos pretenden someter es o no un atentado contra la dignidad y el derecho al anonimato de las personas. Pero eso es ya, lamentablemente, ficción social.

En cualquier caso, ya saben, opinen y debatan, es todo lo que nos queda 😛

(la imagen es “Europe supported by Africa and America” obra de William Blake y alojada en la wiki)