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monas


“Con los pies en el agua de algún mar atlántico pronunciarás mi nombre real dos veces y en voz bajita. La tercera la susurrarás con la arena hasta los talones, tras lo que te mojarás la nariz y las orejas con esa misma agua y me imaginarás saliendo del mar. Subiré las escaleras y desapareceré entre la multitud. En ningún momento te darás la vuelta ni cerrarás los ojos allende el consecuente parpadeo. Sin muecas ni lágrimas te tumbarás al sol. Te pondrás música en los cascos y te quedarás dormido por unos instantes. Entonces ya me habré marchado y seremos libres.”

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“La sirena era porculera, pero bonita en su sonar sin embargo. Con un cierto swing entre cola y ataque. La llegada, ligera y exponencial, caía en picado para volver a empezar de forma inmediata e indescansa, dibujando una montaña con una ladera suave a la izquierda y un acantilado a la derecha. Con una clase, una intención esteta detrás, de la que carecen las de ambulancias, coches de bomberos o de policía, acaso más hoscas, rugosas o estridentes. Parecía haber sido pensada para ser acogedora o inducir unas ciertas tersura y suavidad al paladar auditivo aun siendo un sistema de conmoción cotidiana. Completamente fuera de lugar. Siguió resonando en mi cabeza durante un rato después de dejar de sonar. Lo último que pensé es por qué sonaba. Me lancé a los pies del momento, dejándome mecer por aquella ida y vuelta, imaginando una sincronía con las luces oscilantes de un faro estrecho y con el techo rojo, ligeramente abombado, como dibujando la forma de una polla empalmada en modo Bauhaus. Pasó un buen rato y me imaginé un mundo con una esperanza de vida de 10 años por individuo humano en donde las alarmas eran canciones de cuna y su misión adormecer a los posibles agresores o ladrones.”

Extraído de “No sonoras de llegar” del Ulmo. Zr. Ptrr. Phineas Fornitz