“Un demonguer extraño donde los haya. Se levantó temprano, además por su propio pie y antes de que sonase el despertador. Aunque poner la alarma en demonguer es considerado un crimen en muchas partes del universo, en su asteroide ella escribía sus propias leyes y las excepciones a las mismas. Cuando se documentaba para el tema comprobó esta peculiaridad y vio la oportunidad: una isla en medio del océano intergaláctico donde poder programar alarmas los días de descanso. Y así empezó el gran negocio que, tras años de batallas legales para que se reconociese su derecho, había logrado garantizar su supervivencia en aquel asteroide apartado de la mano de los númenes y los pneumas. El caso es que aquel demonguer no hizo falta alarma alguna. Desayunó sin ruido de fondo. Ni radiofrecuencia ni electromagnetismo ni holografías interactivas. Sólo galletas de avena con un earl black con bergamota rigeliana, su favorito desde hacía eones. Dedicó el día a limpiar y ordenar. Descompuso todas las cájulas y desinfló el resto de cachivachoides que había sacado y compuesto la noche anterior. Armó la mesa del escritorio y, hacia la mitad de la mañana, encendió por fin el procesador helicoidal que le habían traído la semana pasada. Todo bien. Renovó la concesión de usuario y ordenó el mejurje a su alrededor. Después de una siesta histórica salió a dar un voltio disoluto. Hacia donde sus pasos le marcasen. Le reconcomía la conversación pendiente que tenía con Lordous alias “el rápido” en relación a la desaparición de cierta cantidad de electrodinares de la caja del emporio. Y justo cuando estaba en ello, apareció Lordous doblando una esquina con su jetpack de mano. Café y cháchara, alguna con más sustancia que otra, pero todo en clave de intranscendencia conversacional. No fue, sin embargo, capaz de decirle nada aun siendo la situación un cruce de cables camineros que la tenían semi del revés. Y se torturó un buen rato a posteriori por ello. Se sentía cobarde, pusilánime, sin derecho a reconocimiento. Quiso hablar consigo misma pero hasta su voz interior se negó a dirigirse la palabra. Afortunadamente logró semi solucionar el tema por vía telemágica, lo cual relajó en cierta medida el autocastigo, pero aún así sentía que algo no iba bien, que las endodeudas sexistenciales se acumulaban y algo había que hacer. Lo cualo no sabía, pero había que seguir caminando. Y siguió, santo remedio.”

Extracto de “Memorias de miel y limón caliente” de Federica V. Orlo Pido


“Así como apareció se fue. Un buen día se dieron cuenta de que estaba allí. En realidad ya estaba allí, como colgado en la pared, desde antes de que la colonia fuese siquiera el germen de un pensamiento en ninguno de sus habitantes, pero hasta aquel momento nadie se había percatado de su presencia. No hacía nada, sólo permanecía allí, impávido y silente, como quien observa estoicamente el transcurso del tiempo y las personas. Desde allí vio mil y una puestas de sol, entre pantalones, camisetas y albornoces. Evocadoras formas con aspecto de felino, de mentones prognatos, de barbas pobladas o de peces con rabos de cerdo en la frente que lo transportaban más allá de los límites de su propia imaginación. Vio vidas enteras que se repetían como fotocopias del mismo cliché. Asistió a conversaciones estúpidas, risas a altas horas de la madrugada, a invasiones socioacústicas y a facciones sin y con pungidas de quien oye llover. Y allí siguió hasta que una mano temerosa de su propio temor la arrancó de su pegajoso e histórico domicilio hasta precipitarse por el barranco de la desmemoria. Pero, en un giro de misterio, hermenéutica personal y simbolismo encapsulado, volvió a manifestarse en el suelo de parqué de la tienda de ultramarinos del señor Arturo Vorlopido, en otro tiempo y en otro espacio, así como estampado y sin más ángulo de visión que un farragoso nadir de suelas de zapatos y caras minúsculas.”

Por Fa, 7563829:364.

“Tras poco más de dos ciclos deambulando y dando palos de sordo, dos rocas metamórficas que una vez pertenecieran a la misma montaña se reencontraron. Su forma había cambiado. Ya no tenían estrías ni filos angulosos que mereciesen cuidado extremo en su tratamiento. La erosión y el trajín las había redondeado hasta el punto de parecer cantos rodados que ruedan por un río abajo. Chocaron contra algo, ninguna supo muy bien el qué hasta que levantaron la vista y se sorprendieron. Se reconocieron a sí mismos y en sus errores. Se disculparon. Reconstruyeron el relato de su vivencia. Se prometieron que de ahí en adelante harían lo posible por no propagar la erosión que tanto les había afectado, a pesar de ser un fenómeno connatural a su existencia. Se exploraron sin llegar a excitar del todo o excitando muy suavemente los límites de la imaginaperversión propia y ajena (es difícil no hacerlo y acercarse al mismo tiempo). Acto seguido se pusieron en marcha de nuevo. Un instante que duró una eternidad y cuyo amable recuerdo pacificador todavía perdura en sus metamórficos y rocosos corazones.”

Extraído de “Historias pedregosas”, por Peter Lo.

 

Os bos tempos marcharon, e o perdiche.
Que anda mal no teu sistema?
As cousas rebotan coma un Spaulding.
Que pensas, esqueciche a túa chamada?
É tan libre este sentimento.
É como a vida, tan rechamante.
Cando tes tanto que decir se chama gratitude
e está ben.

Os bos tempos se foron e ti o alimentache.
O odio creceu, sentiches que o necesitabas.
So unha cousa, te coñeces?
Que cres que te debe o mundo?
Que che fará sentir libre?
Mira dentro e verás.
Cando tes tanto que decir se chama gratitude
e está ben.


“Llevaba semanas teniendo aquellos pequeños momentos de terror frío y pegajoso y su estructura fisiológica ya se había habituado a ellos. A veces cuando miraba a través de la ventana se sentía sobrecogida por la superficie siempre ondulante de las microsingularidades que frente a ella tenían por bien ocurrir. Nubes de colores orbitaban alrededor de sus ensoñaciones en el nivel 3. Cual brote de narcopitsia en estación tropical, se quedó dormida frente al holograma rotatorio de la mañana. Al despertar alguien la había entubado y postrado en vertical. Si hubiera tenido boca habría gritado en frecuencias prohibidas. Habría maldecido uno por uno a todos los seres vivientes de Antares 42. Todo había sido una farsa. Un sueño en el que el cacique de su tribu los vendía a cambio de baratijas y genitales cibernéticos. Nada había ocurrido en realidad, ni la triple orgásmica cósmica de la noche anterior, ni el desplazamiento alfa-pendular que tan reciente le parecía, ni tan siquiera la catarsis y criba armamentística en la que había estado trabajando en los últimos ciclos. Pero aquel gélido terror permanecía en su sitio, acaso oculto o translúcido a la vista gracias al moderno sistema de ocultación.”
Extraído de las Crónicas de la nube del pasado, de Pincho Buenrostro.