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“Con los pies en el agua de algún mar atlántico pronunciarás mi nombre real dos veces y en voz bajita. La tercera la susurrarás con la arena hasta los talones, tras lo que te mojarás la nariz y las orejas con esa misma agua y me imaginarás saliendo del mar. Subiré las escaleras y desapareceré entre la multitud. En ningún momento te darás la vuelta ni cerrarás los ojos allende el consecuente parpadeo. Sin muecas ni lágrimas te tumbarás al sol. Te pondrás música en los cascos y te quedarás dormido por unos instantes. Entonces ya me habré marchado y seremos libres.”

“Si estás oyéndome a través de la garganta podrida de un tokage en descomposición es que algo ha salido mal. Intenta contener las arcadas y escucha con atención lo que te voy a contar, porque es importante y tu vida depende de ello. Cuando un tokage mire al suelo delante de ti tu suerte estará echada. Hasta entonces presta atención a las señales. Los de la brocha siempre dejan rastros de pintura y muerte a su paso. Vigila tu espalda y cúbrete los omóplatos. Nadie está a salvo mientras sigan en la ciudad. Esta vez tendrás que apañártelas sola. Carga tus lápices y afila tus pestañas. Cuando un tokage mire al suelo echa a correr y no pares hasta que la ciudad se funda con el anochecer. Prométeme que lo harás…”

Así rebuznó Zoroasteroide antes de pulsar stop.

Éste artículo me devuelve a una serie de reflexiones de otros tiempos. Me sigue pareciendo completamente innecesaria la existencia de gente así, especialistas en seguridad, léase militares. Que alguien me diga cuál es su función real, más allá de una supuesta eficacia simbólica. En todos los sentidos sobran. Sólo hay que echar un vistazo a los tópicos peliculeros sobre militares, o darse una vuelta por un cuartel y comprobar cómo se trata a los reclutas. Comparemos este entrenamiento y los beneficios que del mismo se desprenden con los propios de empresas punteras como Google. Esta última cuida a sus empleados, les deja comportarse libremente y hasta tiene salas de juegos, de siesta e instrumentos musicales en cada despacho, que junto con canastas de baloncesto y demás gadgets lúdicos, permiten relajarse al personal trabajador a fin de exprimir convenientemente sus habilidades para un mayor beneficio de la empresa. Y qué hace el ejército (que es otra empresa más, de “seguridad pública”) pues tratar a su personal a gritos y patadas. Castigando con calabozos al que no se ciñe al protocolo, permitiendo novatadas y putaditas entre “empleados.” Y, claro, después se quejan de que los “empleados” cometen faltas como la que relata El País. Y todo en virtud de una “situación de emergencia” completamente artificial. El mal rollo y la violencia se transmite de educadores a educados. Y si un “empleado” es entrenado con métodos hostiles, evidentemente, tenderá a reproducir dichos comportamientos.

Y qué hay de la “seguridad nacional,” podría argumentarse. Aquí es donde echamos mano del amigo Deleuze y demás teóricos para preguntarnos ¿la seguridad de quién o, más bien, de qué? Seguridad “nacional,” es decir de una “nación.” No sería mejor decir “asegurar que el capital de una clase concreta no se mueve o no cae en malas manos”? Qué defiende el ejército si no es a una élite? Ahora se han inventado lo de las “misiones humanitarias” para usar a los reclutas como mano de obra esclava en los procesos de colonización simbólica y cultural que van de la mano de la “pacificación” de determinadas zonas sumidas en conflictos alimentados por las propias industrias armamentísticas y de expansión del paradigma del máximo beneficio. Ya, primero las achuchan vendiendo armas y luego resulta que hay que pacificarlas. Un poquito de por favor, hombre, dejemos ya de “bushizar” el mundo. Dejemos de aplicar excepciones a las excepciones, que el máximo beneficio es el beneficio del máximo de gente. Tanta historia ya con el respeto a la autoridad. Pues mire vd: poca autoridad me supura alguien que ordena que se le haga caso, alguien que no predica con el ejemplo. En mi opinión es hora de volver a las sociedades de “grandes hombres,” dicho sea esto como clasificación política y sin detrimento de las “grandes mujeres,” of course. Que las posiciones de poder no sean retribuídas, que haya que hacerlas por amor a la armonía social. Y si no vuelta a la costumbre irlandesa de que, tras 7 años de liderazgo, se mata al lider previo desholle.

Y todo esto sin meterme en el conflicto árabe-israelí, que también tiene tela.